“Verona tiene algo que no se deja contar del todo;
hay que caminarla, dejar que se te meta en el cuerpo.”
Julio Cortázar. Ciao, Verona.
Hay ciudades que uno visita y otras con las que con el tiempo, terminas teniendo una cita. Verona sin duda, es de las segundas.

Habíamos estado ya dos veces, en momentos distintos, ambas veces fuera de la temporada lírica, paseando sus calles con la serenidad que da la familiaridad. Pero había una asignatura pendiente, casi una deuda íntima, que era vivir la ópera en su escenario más emblemático.
La ocasión llegó por la boda del hijo de unos amigos, que se celebraría en Verona en plena temporada de ópera. Fue la excusa perfecta. Con la antelación necesaria conseguimos unas entradas magníficas para Nabucco, representación que por su espectacular puesta en escena, encajaba perfectamente con la grandeza del auditorio. Las entradas resultaron magníficas, próximas al escenario, de esas que convierten al espectador en parte del acontecimiento.
A L’Arena di Verona no se llega, aparece imponente, sobria, eterna. Un anfiteatro romano del siglo I que, dos mil años después, sigue cumpliendo su función original de reunir a miles de personas alrededor de un ritual colectivo. Durante las representaciones operísticas, su capacidad ronda hoy entre 13.000 y 15.000 espectadores y nuestra noche estaba completamente llena. Un lleno absoluto que creaba una atmósfera de expectación, de emoción compartida, con ese murmullo previo característico del anuncio de algo importante.

El escenario, monumental como exige esta ópera, desplegaba toda su potencia visual. Grandes decorados, coros multitudinarios, figurantes, animales… una puesta en escena que solo puede entenderse en un espacio así, en el que la representación se expande. Nabucco, de Giuseppe Verdi, pide amplitud, voz, emoción sin concesiones. Y La Arena responde con una acústica sorprendente y un cielo abierto que convierte cada nota en algo físico.

Antes de que comience la ópera, es tradición que el público encienda pequeñas velas (moccoletti), creando una atmósfera mágica en el anfiteatro romano.
Desde nuestras localidades tan cercanas al escenario, la experiencia fue sencillamente extraordinaria. Ver los gestos, sentir la vibración de las voces, escuchar el Va Pensiero o Coro de los Esclavos elevándose en la noche veronesa es emocionante. Imposible explicarlo solo con adjetivos.
Cuando terminó la obra, la noche continuó como en Verona sabe hacerlo en verano. Cena sin prisas, terrazas llenas de vida, conversaciones que se alargan, copas compartidas bajo una temperatura amable y una ciudad que parece diseñada para disfrutarse al caer el sol. El ambiente es elegante sin afectación, animado sin estridencias. Puro equilibrio italiano.
Verona siempre es una buena idea. Pero Verona con ópera es otra cosa. Es cultura vivida, no contemplada; emoción colectiva, no consumo rápido. No nos extraña que Cortázar escribiera aquí el cuento Ciao, Verona, dejándose atravesar por la ciudad. Hay lugares que inspiran textos y otros que inspiran recuerdos. Verona es capaz de hacer ambas cosas.
Y quizá por eso uno vuelve. O mejor dicho, por eso sabe que volverá. Porque hay experiencias que no se tachan de la lista. Se quedan. Y desde ahí, reclaman con la discreción de lo verdaderamente valioso, una nueva visita.
Las dimensiones de la Arena de Verona permiten despliegues que serían imposibles en un teatro convencional. Para una producción como Nabucco, las cifras de personas y elementos en escena son sencillamente impresionantes.

Nabucco es, ante todo, una ópera de masas. El coro no es un acompañamiento, sino un protagonista más (representando al pueblo judío). Entre 150 y 200 cantantes. Es uno de los coros más grandes del mundo para esta obra, necesario para que el «Va, pensiero» llene la acústica del anfiteatro.
Dando vida a soldados babilonios, prisioneros hebreos, guardias y pueblo, entre 150 y 300 figurantes.
Dependiendo de la dirección, puede haber entre 20 y 50 bailarines.
8 cantantes solistas principales.
La Arena es famosa por su uso de animales para acentuar el realismo y la escala épica. Es habitual ver entre 4 y 12 caballos en escena, especialmente durante la entrada triunfal de Nabucco o las cargas de los soldados.
La orquesta, situada en el foso (que en realidad es una extensión al nivel del suelo), cuenta con unos 100 a 120 músicos.
Se utilizan estructuras que aprovechan toda la altura de las gradas internas. En la producción de Arnaud Bernard, por ejemplo, se utiliza una recreación del Teatro alla Scala de Milán a escala gigante o barricadas que ocupan gran parte de la pista.
Como dato curioso, debido a la magnitud del escenario, los directores de escena suelen usar monitores de video ocultos y varios asistentes de dirección repartidos por el escenario para coordinar a tal cantidad de gente, ya que desde los extremos es imposible ver al director de orquesta.
En los momentos cumbre, puede haber más de 400 personas moviéndose simultáneamente sobre las piedras de la Arena. Una experiencia única!



