“Sobre las rosas se puede filosofar, tratándose de patatas hay que comer.”
Johann Wolfgang von Goethe
¿Sabías que la humilde patata, ese tubérculo hoy considerado básico en casi todas las cocinas del mundo, fue el primer alimento congelado de la historia y el responsable de revoluciones, migraciones masivas y hasta del crecimiento de la población europea?
Es una viajera incansable que conquistó el mundo (y nuestros platos!).
Quizás suene superficial, pero la patata ha estado (y está) en mi vida de una forma muy relevante. Desde aquellos bocadillos de carne guisada con patatas recién fritas (delicia gourmet!) que antes de ir a entrenar con mi equipo de fútbol, me hacía mi abuela, a las patatas con alioli que tomaba en una bodega cercana al apartamento donde vivía en el barrio de Argüelles en mis tiempos de estudiante en Madrid, y por la cara de sorpresa de Ana cuando en las primeras cenas en casa, me hacía una bandeja de patatas fritas (“con copete” decía ella) para cenar, con una buena carne de vaca de mi tierra (sigo insistiendo en que dejemos de llamar buey a lo que es vaca…).
Retrotrayéndonos a sus orígenes conocidos, los incas ya cultivaban cientos de variedades del tubérculo que nos ocupa, en las alturas de los Andes hace más de 8.000 años. Incluso las deshidrataban (creando el «chuño») para almacenarlas y consumirlas en épocas de escasez, ¡una técnica milenaria de conservación! Se trataba de una papa deshidratada tradicional de los Andes (Bolivia, Perú, norte de Chile y Argentina), obtenida mediante un proceso ancestral de congelación, pisado y secado solar. Se caracteriza por su larga duración y versatilidad, utilizándose en sopas, guisos o como guarnición, aportando textura y sabor.
Los conquistadores españoles la trajeron al Viejo Continente en el siglo XVI. Al principio, fue vista con desconfianza y se cultivaba más como planta ornamental (por sus flores) que como alimento. La gente creía que era venenosa o que causaba enfermedades.
La verdadera revolución de la patata, llegó cuando este tubérculo, rico en vitamina C y nutrientes, acabó con las hambrunas en varias regiones de Europa. Su facilidad de cultivo y alto valor calórico permitió alimentar a ejércitos y a una población en crecimiento, impulsando la Revolución Industrial.
Hoy existen más de 4.000 variedades de patatas en el mundo y ha sido el primer alimento cultivado en el espacio, a bordo del transbordador Columbia en 1995.
El origen de su preparación estrella, fritas, lo disputan entre Bélgica y Francia, pero hay documentación que apunta a que ya se freían en España en el siglo XVI, poco después de su llegada de América.
No se podría entender la gastronomía actual sin este ingrediente básico pero que tantas satisfacciones aporta a nuestro paladar. Una buena patata gallega o asturiana, frita como mandan los cánones, crujientes por fuera y cremosas por dentro o unas irresistibles patatas bravas (las pido en todos los sitios!), la increíble papa negra arrugá canaria con mojo picón…
La grandeza que tiene nuestra protagonista, la lleva a ser un manjar sola a un complemento (no acompañamiento) perfecto para un huevo frito hasta para el caviar (cocida…).


