“…desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos…”
Mario Benedetti
Abril es un mes que permite elegir con criterio. Los lugares están en calma, el paisaje empieza a cambiar y el viaje se vuelve más sencillo. Estos tres destinos comparten una misma idea: buen momento, buen lugar y una manera de viajar sin estridencias. Y además, cercanos.
COLMAR. ALSACIA. FRANCIA.

Colmar es un pequeño tesoro alsaciano, donde los canales, las casas de colores y los balcones floridos, crean un aire de cuento. Sus calles se recorren a pie, sin prisas, disfrutando de cada detalle: plazas, mercados y rincones escondidos. En primavera, la ciudad parece despertar suavemente, invitando a perderse y dejarse llevar por su encanto discreto y elegante.
Es imprescindible caminar al atardecer por la Petite Venise, cruzar los canales y adentrarse en pequeños escondites sin rumbo.
La Maison des Tetes es el sitio perfecto para alojarse. Una casa con historia, bien restaurada, donde el diseño y el detalle marcan la diferencia y perfectamente situada.
PUGLIA. ITALIA.

Puglia es parte de la Italia directa y real. En abril, los olivares y pueblos blancos brillan con un color especial, y el Mediterráneo aún está tranquilo.
Esta región del sur de la península, es más que sol y playas de aguas transparentes y cristalinas. Los pueblos con estrechas calles empedradas y plazas silenciosas invitan a caminar sin rumbo. Entre olivares y viñedos, cada rincón tiene carácter y autenticidad y el tiempo parece pasar más despacio. Es un lugar en el que cada parada, por mínima que sea, deja un recuerdo.
Recorrer el Valle d’Itria en coche, detenerse donde apetezca y sentarse a comer sin mirar el reloj, es absolutamente recomendable.
Como base, sin ninguna dura el Borgo Egnazia es el lugar. Es una elegante reinterpretación hotelera del estilo local.
ALENTEJO. PORTUGAL

El Alentejo es espacio y silencio. Abril es un mes perfecto para recorrerlo sin prisas y dejando que el paisaje marque el ritmo.
Es una región de calma infinita, con campos verdes, colinas suaves y pueblos con encanto, que parecen suspendidos en el tiempo. Aquí se viaja despacio, deteniéndose en aldeas, viñedos y molinos antiguos, disfrutando de la luz y del silencio. Es un lugar donde perderse significa reconectar con lo esencial y cada instante se siente más largo y profundo.
Imprescindible sentir el placer de conducir sin plan cerrado, parar en alguna pequeña aldea y dejar que el día se vaya gastando lentamente.
El lugar perfecto para alojarse es Sao Lourenço do Barrocal, finca histórica convertida en refugio contemporáneo, elegante y sereno.
Viajar no es solo ver lugares sino sentirlos y dejarlos entrar. Lo que permanece no son los paisajes ni los hoteles, sino esos instantes en los que la luz, el ritmo y la calma, encajan perfectamente y es, solo algunos destinos lo saben regalar.


