“Enseguida descubrió que el mundo se divide en los que saben sentirse a gusto solos en la barra de un bar y los que no saben.”
Jonathan Franzen
Los estamos perdiendo.
Poco a poco, como pasan las cosas importantes, los bares tal y como los conocimos los que estamos felices de peinar canas porque algo nos queda para peinar, se nos están yendo.
Aquellos desayunos de pie en la barra, en la que pedíamos un café con leche sin más, sin que esta fuera semidesnatada, de almendra, soja o cabra, donde no esperábamos que el camarero fuera un experto en latte art y decorara nuestra humeante bebida con alguna filigrana de espuma de alguna de las variedades lácteas ofrecidas… y además, se están perdiendo de una manera inversamente proporcional al crecimiento de los intolerantes a la lactosa.
”Una bayonesa, una de porras y un curasán a la plancha con mantequilla y mermelada; y tres con leche, uno de ellos mediano y con la leche templada que es para el especialito” era una letanía con el fondo del ruido (que no sonido), de la leche calentándose con el vapor de la cafetera.
En las mañanas frías de invierno, era común el consumo de carajillos como un «empujón» de energía para aguantar la jornada laboral, especialmente de los que por su trabajo tenían que pasar tiempo en la calle.
Desde luego que también existían objetos de culto como el As, que casi siempre estaba en las manos del sempiterno feligrés con taburete a su nombre y del que desconocíamos su dedicación. Los desayunos del lunes, eran una guerra abierta por la posesión del diario, con tácticas y estrategias dignas de Napoleón.
La siguiente hora punta era la del café de las 11, normalmente acompañado de un pincho de tortilla o un montadito, cuya elección no era complicada ya que se ceñía al contenido. Para el pan no había opción, ni de masa madre, ni de trigo, ni de semillas….
En algunos casos, se solapaba con el aperitivo (esa caña bien tirada!) y con la comida, habitualmente en forma de menú del día.
Uno de los momentos culmen en la vida del bar, era cuando se retransmitía por televisión algún partido importante. Entonces el local, se convertía en un graderío más del estadio y así el bar (no confundir con el VAR), llegaba a su máximo apogeo.
Pero parece que vestir a la mona de seda es rentable, aunque cada vez sea menos mona.
Los bares ahora tienen baristas, bartenders y una retahíla de anglicismos, que espero que no nos lleven a tener que pedir un Little Carajo.
Variedad de panes y de leches, bebidas detox, tortillas de claras, ensaladas protéicas, desayunos que nutren cuerpo y alma o revitalizantes, creaciones veganas… para quien los quiera.
Yo, es que sólo quiero un cortado y un pincho de tortilla!



2 respuestas
Me has devuelto al barrio cuando era el de mis recuerdos. El Nájera me trae recuerdos de noches muy divertidas en las que no hacían falta mas que unas raciones para ser felices. Y, por supuesto, vuestra compañía.
Gracias por tu comentario, Elena! Estamos de acuerdo; la compañía importa. Y mucho!!