La Magdalena de Proust o El Bonito de mi Abuela.

“A veces no conoces el verdadero valor de un momento
hasta que se convierte en memoria.”
Dr. Seuss

Era como el pistoletazo de salida. Cuando mi abuela durante muchos años y mi madre después, cocinaban el primer bonito de la temporada, comenzaba para mi el verano.
En la actualidad cuando cocinamos bonito en casa (en realidad, es Ana y su excelente mano para la cocina, la heredera de las recetas de mi abuela a través de mi madre y quien las lleva a cabo con maestría), el aroma me lleva con rapidez y detalle a mi infancia y a los veranos en Asturias.

Existe una explicación científica para este fenómeno, al que en psicología y neurología se le denomina La Magdalena de Proust. Hueles el café recién hecho, el perfume de alguien que pasa a tu lado o la lluvia sobre la tierra mojada, y de repente, zas! Es como sí una máquina del tiempo te llevará involuntariamente a un instante concreto con todo detalle, como si lo estuvieras viviendo nuevamente.

Marcel Proust lo inmortalizó en su obra En busca del tiempo perdido, donde al narrador le bastó con mojar una magdalena en una taza de té para que todo su pasado, guardado bajo llave en su mente, regresara con una fuerza salvaje.

Pero, ¿por qué la nariz es más rápida y nítida al hacernos recordar algo, que los ojos?

La ciencia nos dice que la explicación está en el propio diseño de nuestro cerebro.

Los otros sentidos son lentos. La vista o el oído tienen que pasar por una especie de aduana central en el cerebro (el tálamo) que filtra y procesa la información antes de guardarla.

El olfato es un rebelde. Es el único sentido que se salta la aduana. Las moléculas del olor van directamente a la zona más primitiva del cerebro donde se gestionan las emociones (la amígdala) y la memoria (el hipocampo). El olor además, supone el 80% del sabor, así que hasta podemos tener la sensación de saborearlo.

Vivir con intensidad es también dejarse llevar por los aromas. La próxima vez que un olor te detenga en seco y te robe una sonrisa, sabrás que se trata de tu cerebro activando su superpoder más antiguo.

Mi padre adoraba este pescado y podía comerlo a diario sin mostrar el menor signo de hartazgo . Supongo que de tanto ver como lo disfrutaba, terminé heredando esa pasión. Era tanta la frecuencia con la que lo comíamos, que alguien nos preguntó medio en broma medio en serio, si teníamos los bonitos en la piscina.

Cada verano, con la llegada de la temporada del bonito, el aroma que desprende al cocinarse me traslada a una época feliz de mi infancia, de largos veranos y de mi abuela en la cocina elaborando recuerdos.

Creo que es de justicia, al menos en este post, olvidarnos de la Magdalena del escritor francés y denominar a este viaje en el tiempo a mi infancia como El Bonito de mi Abuela.

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