“Puedes acariciar a la gente con palabras”
Francis Scott Fitzgerald
Hay palabras que no caben en ningún diccionario conocido, porque describen algo que el idioma común ha decidido ignorar. Mamihlapinatapai es una de ellas.
Pertenece al yagán, la lengua de los pueblos fueguinos del extremo sur de Patagonia, y significa algo que todos hemos vivido y nadie, salvo en este idioma, sabe cómo llamar. Algo tan simple como complicado de explicar. Es la mirada que se cruzan dos personas que desean lo mismo pero ninguna se atreve a decir en voz alta.
No es timidez exactamente. Es ese instante suspendido en el que los dos lo saben, los dos lo notan, y aun así ninguno da el paso. Puede ocurrir en una mesa de un restaurante, en el andén de un tren o en mitad de una conversación que lleva demasiado tiempo hablando de otra cosa.
Los lingüistas la consideran una de las palabras más intraducibles del mundo. Yo diría que es una de las más honestas, porque pone nombre a algo que ocurre constantemente y que solemos enterrar bajo capas de educación, de prudencia, de miedo disfrazado de cordura.
Los yaganes habitaban uno de los entornos más extremos del planeta. Vivían con lo esencial. Y aun así encontraron tiempo para bautizar ese pequeño drama cotidiano del deseo compartido y la palabra que no llega.
Eso dice mucho de ellos. Y también, si lo pensamos bien, dice mucho de nosotros.


