“El arte de la vida consiste en saber cuándo soltar los pinceles.”
Cesare Pavese
Il dolce far niente. El privilegio de tener tiempo suficiente para perderlo
Viajar significaba exprimir cada minuto. Levantarse temprano, salir, conocer, caminar, descubrir, probar, fotografiar. Regresar al hotel con la sensación de haber hecho muchas cosas, de no haber dejado nada pendiente.
Hasta que uno descubre que quizá sea justamente al contrario, que uno de los mayores lujos que puede permitirse cuando viaja es no hacer nada.
No tener una excursión que hacer. No mirar el reloj. No preguntarse qué toca después. Simplemente tener tiempo.
Los italianos tienen una expresión maravillosa para explicarlo: il dolce far niente. La dulzura de no hacer nada.
El concepto viene de hace siglos. Ya en la antigua Roma existía una diferencia entre el otium, entendido como el tiempo libre dedicado al descanso, la reflexión, la conversación o el disfrute de la vida, y el negotium, la actividad, las obligaciones, las visitas programadas, los asuntos que había que atender.
No hacer nada, por tanto, no significaba necesariamente perder el tiempo. El otium podía ser una forma de vivirlo.
Siglos después, esa vieja idea parece resumirse de una manera mucho más amable en il dolce far niente: el placer de no tener que hacer nada, y ahí es donde reside precisamente su encanto.
Porque cuando uno se sienta frente al mar con un café y deja que pase una hora, no está haciendo nada… pero está ocurriendo todo.
Estamos mirando cómo cambia la luz, escuchando el silencio, pensando en cualquier cosa y, al minuto siguiente, en ninguna.
Y eso, que parece tan sencillo, se ha convertido en un auténtico privilegio.
Incluso cuando viajamos, hemos conseguido convertir el tiempo libre en otra agenda. Hay que ver, conocer, fotografiar, probar, descubrir. Como si regresar sin haber hecho suficiente fuera haber desperdiciado el viaje y quizás, viajar debería ser precisamente lo contrario.
Una mañana sin planes. Un desayuno que se alarga. Volver a la habitación. Leer unas páginas. Una siesta. Una copa al atardecer. Una sobremesa que nadie tiene prisa por terminar.
Hay momentos en los que no sucede nada extraordinario y, sin embargo, son precisamente los que terminamos recordando.
Tal vez por eso algunos hoteles terminan siendo mucho más que un lugar donde dormir. Porque consiguen algo que hoy resulta casi extraordinario: hacernos olvidar el tiempo.
No necesitamos salir.
No necesitamos conocer el restaurante que está a veinte kilómetros ni visitar todo aquello que aparece en las guías.
A veces basta con quedarse.
Porque quizá el verdadero lujo no sea tener más cosas, viajar más lejos o dormir en el hotel más exclusivo. Quizás sea algo mucho más sencillo. No mirar el reloj porque no tenemos ninguna prisa, no tenemos que llegar a ningún sitio.
Tener tiempo suficiente para perderlo.
Y disfrutar, precisamente, de haberlo perdido.


