Cataratas Victoria. Zambia/Zimbabue.

Ubuntu. Yo soy porque nosotros somos.
Antigua filosofía sudafricana (zulú/xhosa).

 

Tras visitar las impresionantes Cataratas de Iguazú y Niagara, no quisimos desaprovechar nuestro viaje a África para conocer Las Cataratas Victoria. Los lugareños apodan a las cataratas Mosi-oa-Tunya, que significa «El humo que truena».
Se encuentran en el sur, en la frontera entre Zambia y Zimbabue, sobre el río Zambeze y son compartidas por ambos países.

Llegamos por aire a Zimbabue desde Namibia, con la expectación propia de lo que imaginábamos que iba a ser un gran encuentro. Hay lugares de los que tienes la certeza que pasarán a formar parte de tu memoria viajera y en el apartado de “importantes”.

Nada más aterrizar, el aire ya parecía distinto. Más húmedo, más denso, cargado de promesas. Nuestro alojamiento no podía ser más icónico ya que nos hospedamos en el Victoria Falls Hotel, un clásico africano entre las Grandes Damas de la hotelería mundial que no necesita presentaciones.

Elegante sin afectación, histórico sin resultar antiguo y con el privilegio de ser el único hotel, que posee un camino privado que conduce directamente hasta las cataratas.

La primera tarde fue para dejarse llevar. Un poco de descanso, un buen baño y un momento de prepararse para una estupenda cena en el hotel, en una terraza donde el tiempo pareció detenerse en la era dorada de los grandes viajes. La carta combinaba tradición colonial y guiños locales; incluso probamos hamburguesa de cocodrilo, más por curiosidad que por osadía gastronómica. Después, un paseo por los jardines a la luz de la luna casualmente llena. El rumor constante del agua, grave y profundo, actuaba como una nana ancestral. Dormimos como príncipes.

En abril las lluvias han hecho su trabajo y el caudal está en plenitud. Al amanecer, tras una noche reparadora, el desayuno fue casi ceremonial (como, por otra parte, siempre lo es para Ana) y disfrutamos de frutas frescas, excelentes embutidos y platos calientes recién hechos y alguna delicia dulce con el café. De fondo, el murmullo incesante de unas cataratas que nos esperaban. No hacía falta verlas para sentirlas.

Salimos andando hacia la caída del agua. El camino es corto, pero la emoción lo dilata. Y de pronto, sin previo aviso, aparecen. No hay palabras que preparen para ese primer impacto.

El estruendo. La nube de vapor que asciende como humo sagrado. El arco iris suspendido en el aire. La sensación física de insignificancia. Uno se queda literalmente sin habla.

 

Pasamos horas recorriendo los distintos miradores, literalmente empapados pero como si de un fino orbayu se tratará, atónitos, con esa sonrisa involuntaria que solo aparece cuando algo nos sobrepasa. Las Cataratas Victoria no son solo una maravilla natural sino que son también una lección de humildad que la naturaleza nos da de vez en cuando. Frente a ellas, cualquier urgencia cotidiana se disuelve. El mundo se reduce al aquí y ahora, al agua cayendo desde el abismo con una fuerza incesante.

De regreso al hotel, aún con la piel húmeda y el espíritu alterado, nos esperaba la siguiente etapa del viaje. Un coche nos recogió para poner rumbo por carretera hacia el Parque Nacional de Chobe, en Botsuana. Cambiábamos el rugido del agua por el silencio expectante de la sabana, pero esa ya es otra historia.

Las Cataratas Victoria no se tachan de una lista, se instalan en la memoria con la fuerza de lo que no se olvida. Y uno se marcha sabiendo que, aunque el viaje continúe, una vez más Africa nos había vuelto a dejar en nuestro corazón algo que se quedaría ya para siempre.

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