Sobrevolando el Delta del Okavango. Botsuana.

“El río que decidió morir en el desierto.
Donde muere… nace la vida.”
El Okavango, es uno de los pocos grandes ríos del mundo que no desemboca en el mar. Se lo “bebe” el desierto del Kalahari, en Botsuana. Tras recorrer casi 2.000 km desde Angola, sus aguas llegan al desierto, donde se evaporan o se filtran bajo la arena, formando un inmenso delta, que es uno de los mayores humedales interiores del mundo y Patrimonio de la Humanidad.

Este «milagro húmedo» en medio de la aridez, transforma el desierto en un oasis, atrayendo a miles de animales a sus aguas, especialmente durante las épocas de sequía.El Okavango renace cada año en el desierto sustentando una biodiversidad única.

La recomendación de verlo desde el cielo, llegó con la convicción tranquila de quien sabe que va a acertar. El director del Belmond Eagle Island Lodge no dudó ni un segundo. Y así, en un día luminoso y sin viento, perfecto para volar, Ana y yo subimos a un moderno y pequeño helicóptero, casi íntimo, para ver el delta en todo su esplendor… una experiencia inolvidable!!

El piloto y el copiloto, ambos holandeses, desprendían esa serenidad centroeuropea que nos transmitió confianza incluso antes de despegar.

El helicóptero se elevó con suavidad y el Delta apareció bajo nosotros como un mapa vivo, cambiante, imposible de fijar en una sola imagen. Agua que se abre en mil brazos, islas verdes suspendidas, canales que serpenteaban sin prisa. Un lugar donde la naturaleza no ha sido domesticada, sino respetada.

El piloto serenamente nos indicaba a través de los auriculares de comunicación, donde dirigir nuestras miradas, como si no quisiera romper el equilibrio del paisaje.
Elefantes avanzando en fila, con una solemnidad ancestral, hipopótamos casi sumergidos pero vigilantes, jirafas que levantaban la cabeza, más curiosas que asustadas al paso del helicóptero… Desde arriba, todo parece formar parte de una coreografía perfecta.

En algunos momentos descendíamos tanto que parecía que íbamos a rozar las ramas de los árboles. Volábamos bajo, muy bajo, siguiendo el curso del Delta, sorprendiendo a pequeñas manadas que se detenían un instante para observar ese objeto extraño que osaba cruzar su cielo. No huían. Miraban. Y seguían.

Había algo emocionante en esa cercanía. No era un vuelo para dominar el paisaje, sino para integrarse en él. Para observar sin interferir. Para comprender que allí, en ese rincón remoto del mundo, el ser humano es solo un invitado ocasional.

Como en todos los momentos emocionantes de la vida, el tiempo jugó en contra, y todo pasó en un suspiro, sin avisar, sin transiciones. Cuando el piloto anunció que iniciábamos el regreso, Ana y yo nos miramos: no queríamos que se acabara aquella maravillosa experiencia.

Al aterrizar, el silencio nos envolvió de nuevo. El helicóptero se apagó y, durante unos segundos, nadie habló. Hay momentos que exigen respeto incluso después de haber pasado.

Volar sobre el Delta del Okavango no es una actividad más sino que cambia la forma de entender el viaje, de recordar que todavía existen lugares donde la belleza no necesita ser explicada, basta con contemplarla.

A veces, el verdadero privilegio no está en lo exclusivo, sino en lo irrepetible.

Ese día, el mundo se nos hizo un poco más grande. Y nosotros, nos sentimos un poco más pequeños.

 

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2 respuestas

  1. Como siempre da gusto leerle, Alcibiades. Esos viajes que ustedes transitan me causan una envidia sana y un agradecimiento enorme por recibir su blog.
    Reciban saludos cordiales.
    Ramón M. Álvarez.

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