¿En qué estamos convirtiendo el lujo?

“El lujo no es lo contrario de la pobreza,
sino de la vulgaridad.”
Coco Chanel 

El pasado fin de semana vinieron unos amigos para pasar unos días en Marbella. Nos llamaron para cenar. Les apetecía un sitio que estuviera de moda, que fuera bueno y, naturalmente, bonito. Después de barajar varias posibilidades, terminamos eligiendo El Pimpi, en Puente Romano.

Y aquí empieza una historia que, si me la hubieran contado, probablemente habría pensado que exageraban.
No sé muy bien en qué momento Puente Romano decidió dejar de parecerse a aquel hotel que Ana y yo conocimos hace ya muchos años. Era, junto al Marbella Club, el paradigma del lujo de la época. Rezumaban clase y distinción.
Ahora hay tantos restaurantes que uno tiene la sensación de estar entrando en una pequeña ciudad gastronómica. Más que un hotel, por momentos parece una especie de La Boquería de Barcelona y no por lo que se come, sino por la cantidad de gente. Si, parece un mercado. De precios desorbitados, pero un mercado al fin y al cabo.

Cuando llegamos el atasco de coches y personas era impresionante. Encontrar a alguno de los muchachos identificados como Valet Parking fue la primera parte de la Odisea de Christopher Nolan.     La segunda consistió en averiguar cuál de ellos correspondía a nuestro restaurante. Porque no sirve cualquiera.
Después de más de media hora, conseguimos por fin que alguien se hiciera cargo del coche.

Y entonces comenzó la siguiente aventura, encontrar El Pimpi. Se escondía en algún lugar entre los más de 20 (según información de su propia página web) establecimientos entre restaurantes, chiringuitos, cafés y bares de copas

Lo encontramos. Aunque, por un momento, pensé que quizá habíamos llegado al Real de la Feria.
Las calles estaban llenas de gente y el jardín de Puente Romano parecía el día grande de la feria. Gente entrando, saliendo, esperando, cenando, tomando copas, buscando mesas, buscando camareros…

Todo muy lleno. Todo muy revuelto. Todo muy lejos de la idea de lujo que tenemos.

Por fin estábamos sentados y comenzó la cena. El servicio era inexperto y, lo que es peor, absolutamente desorientado.

El vino llegaba con muy poca precisión a la copa y el camarero no distinguía un blanco de un tinto sin mirar la etiqueta.

En otro contexto podría haber resultado incluso simpático. En una cena de más de cien euros por persona, no tanto.

Había además un tiempo marcado para ocupar la mesa, dos horas. Si te retrasabas, la solución propuesta consistía en trasladarnos a una mesa alta o a un barril para dejar sitio a los siguientes comensales.

Varias veces intentaron retirarnos los platos antes de terminar. En algún momento estuve tentado de clavarle el tenedor en la mano a quien lo intentaba, pero lo hice. La educación, a veces, es lo único que queda.

De lo que recuerdo, pedimos ocho croquetas de dos sabores distintos. La diferencia entre unas y otras era más evidente en la vista por su forma, que por su sabor anodino.

Del resto de la comida, sinceramente, apenas recuerdo nada. Y quizá eso lo dice todo. Un momento, seamos justos! Una corvina excelente en frescura y cocción.

Lo que sí recuerdo es una discusión, a pocos metros de nuestra mesa, entre una responsable y una camarera. Escena que, sinceramente, uno no espera presenciar mientras cena.
Más de 100 euros por persona. Tres copas de vino entre cuatro. Un postre compartido.

Y todavía quedaba la última parte: encontrar al valet parking correcto y salir de aquel laberinto sin necesidad de un mapa o de encontrar al doctor Livingstone, supongo.
Mientras buscábamos el coche, pensé en aquel Puente Romano que conocíamos. Confort, tranquilidad, elegancia…en definitiva, sensación de estar en un 5 estrellas GL.

No sé si era mejor. Probablemente tampoco era perfecto.
El lujo tenía que ver con la tranquilidad. Con saber lo que se hacía. Con no tener que explicar nada. Con sentarte a cenar sin sentir un cronómetro bajo la mesa. Con que nadie tuviera que recordarte que aquello era lujo.

Quizá ese sea el problema.

Se ha sustituido el lujo por la acumulación de restaurantes, gente, copas, música, coches, valets y lugares a los que hay que ir porque todo el mundo va.

Y quizá el lujo sea justo lo contrario.
Menos gente. Más espacio. Más silencio. Mejor servicio. Más atención.
Y, sobre todo, que nadie tenga que recordarte cuánto cuesta estar allí.

La sensación era de estar en la terminal de un aeropuerto de una gran urbe multicultural.
Solo faltaba que anunciaran por megafonía el embarque.

Y la cuestión final no es si El Pimpi es un buen o mal restaurante. Es si de verdad hay tanta gente que considera esto lujo.

Nosotros desde luego, no.

Penoso.

¿Te ha gustado este artículo?
Compártelo si quieres...

Déjanos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados

Suscríbete a nuestra newsletter

Ver la Política de privacidad del sitio web.
* FINALIDAD INFORMADA
Responsable: Ana Paredes García
Finalidad: gestionar la solicitud realizada a través de este formulario.
Legitimación: su consentimiento.
Destinatarios: los datos facilitados estarán ubicados en los servidores de Loading (proveedor de hosting de unrinconenelmundo.com) dentro de la UE. Ver la Política de Privacidad de Loading.
Derechos: podrá ejercer sus derechos a, entre otros, acceder, rectificar, limitar y suprimir sus datos, solicitándolo a través de este mismo formulario.