“No has visto un árbol hasta que has visto su sombra desde el cielo.”
Amelia Earthart
Hay lugares en el mundo donde uno tiene la sensación de haber llegado al principio de todo. Namibia es uno de ellos.
Era nuestra tercera noche en este país improbable, en el que el desierto avanza lentamente hasta encontrarse con el Atlántico, como si la arena quisiera tocar el agua antes de volver a empezar su viaje.
El desierto del Namib es el más antiguo del mundo (más de 55 millones de años) y es especialmente característico por sus inmensas dunas, cuyo color proviene de la oxidación del hierro en la arena durante milenios.
La noche anterior habíamos contemplado el cielo desde el lodge, ese cielo africano que parece un decorado imposible, tan lleno de estrellas que uno siente que podría tocarlas. Podéis leer nuestra experiencia en el post, La puerta al cielo en el desierto del Namib, donde describíamos esa sensación casi irreal de mirar hacia el cielo en mitad de la nada.

Pero aquel día el espectáculo estaba reservado para el amanecer. A las cinco de la mañana estábamos en pie. Poco a poco íbamos adaptándonos al ritmo del sol, como hacen los animales del desierto: levantarse cuando el cielo apenas empieza a clarear y moverse antes de que el calor se adueñe de la arena.
La madrugada en el desierto tiene algo de ceremonia silenciosa. Sin prisas, sin ruidos innecesarios. El objetivo era simple y al mismo tiempo, extraordinario. Nada más y nada menos que ver amanecer desde un globo aerostático sobre Sossusvlei, uno de los paisajes más sobrecogedores del planeta.

Cuando llegamos al punto de despegue, el horizonte apenas comenzaba a teñirse de azul pálido. Las siluetas de las dunas emergían de la oscuridad como montañas dormidas. En tierra, el equipo preparaba el globo con la calma de quien ha repetido ese ritual cientos de veces. El fuego rugía brevemente inflando lentamente el globo.
Subimos a la cesta y de pronto, sin apenas darnos cuenta, dejamos el suelo.
Volar en globo no es exactamente volar. Es flotar. No hay ruido de motores, ni vibraciones, ni sensación de velocidad. Sólo el silencio y el aire sosteniéndote.
Bajo nosotros empezaba a desplegarse el espectáculo.

Las dunas de Sossusvlei son gigantescas, onduladas, de un rojo profundo que cambia con la luz. Desde el aire se entiende de verdad su escala. Parecían cordilleras de arena que el viento ha moldeado durante miles de años. Algunas superan los trescientos metros de altura. Desde arriba parecen olas detenidas en mitad de un océano inmóvil.

Mientras ascendíamos, el primer rayo de sol apareció por el horizonte y entonces el desierto cambió de color. Primero fue un rojo oscuro, casi granate. Luego naranja encendido. Después un dorado suave que iba avanzando lentamente por las crestas de las dunas, dibujando sombras perfectas sobre las laderas. Es difícil explicar lo que se siente en ese momento en el que el silencio es absoluto.
No hay carreteras, ni ciudades, ni señales de vida moderna. Sólo arena, luz y horizonte mientras volábamos sobre uno de los paisajes más antiguos de la Tierra.

Al mando del globo iba un español, hijo del mítico periodista y aventurero Jesús González Green. Con la tranquilidad de quien conoce cada corriente de aire del desierto, iba guiando el globo entre las dunas con movimientos casi imperceptibles del quemador.
De vez en cuando rompía el silencio con alguna explicación o una anécdota, pero siempre con ese respeto natural que impone el paisaje.
A ratos descendíamos tanto que parecía que pudiéramos tocar la arena. En otros momentos ascendíamos de nuevo y el desierto se convertía en un mapa infinito de sombras y curvas.
Desde arriba distinguíamos también los antiguos cauces secos, las zonas blanquecinas de las salinas y, a lo lejos, los árboles muertos de Deadvlei, ese lugar surrealista donde los esqueletos de acacias negras llevan siglos petrificados en medio de una planicie blanca.

Tras una hora de vuelo, comenzamos el descenso. El globo se deslizó suavemente hasta posarse al abrigo de una de las grandes dunas rojas del Namib. Allí, en medio del desierto, nos esperaba una puesta en escena tan africana como elegante. Una mesa preparada para disfrutar de un opíparo desayuno y como colofón champán para brindar por un comienzo de día realmente único. Una experiencia en mitad de uno de los paisajes más extraordinarios del planeta.
El sol ya estaba alto y la arena comenzaba a calentarse. Las sombras de las dunas se iban acortando lentamente. El desierto despertaba.

Mientras tomábamos café, miramos hacia el cielo por última vez pensando que hay viajes que se recuerdan por los lugares, otros por las persona y algunos por instantes concretos, que en Africa te esperan agazapados bajo la apariencia de normalidad. Ese momento se convirtió en inolvidable en el instante en el que el sol apareció por el horizonte y el desierto del Namib se encendió bajo nuestros pies.




