Cuando el silencio es el lujo.

“Me senté en un rincón, esperando un trocito de silencio donde introducirme”

Ana María Matute

 

Hubo un momento en el que empecé a valorar el silencio como se valora una buena habitación o una mesa bien puesta. No como ausencia, sino como presencia. Como algo que se nota, que se agradece y que se recuerda. No irrumpe; se reconoce. Y cuando aparece, uno entiende que está ante una forma de lujo más sutil que cualquier exceso.

Desde hace años asociamos el lujo al despliegue de medios, más estímulos, más oferta, más ruido. Restaurantes donde la música compite con la conversación, hoteles donde el lobby parece un escenario ambulante, viajes donde la actividad incesante y sin tregua para fotografiar todo y más, se convierte en un fin…

Siendo esa una respetable opción, existe otra en el extremo contrario, en la que uno empieza a buscar lugares donde nada te interrumpe, donde no hay que reaccionar, donde no pasa nada y eso, es exactamente lo que pasa.

El silencio como lujo no tiene que ver con el aislamiento, sino con la ausencia de fricción. Con no elevar la voz. Con no mirar el reloj. Con no justificar que te quedes quieto. Es el silencio de un hotel bien pensado, de una mesa bien espaciada y delicadamente preparada, de una ciudad que se deja caminar sin prisa.
Hay silencios que no se pueden comprar pero sí elegir. Y elegirlos es una forma de sofisticación.

Comer sin ruido es un privilegio poco frecuente, quizá porque el silencio aún se confunde con vacío. Pero no es vacío, es espacio.

Al viajar ocurre lo mismo. Hay ciudades que gritan y otras que susurran. Las primeras seducen rápido; las segundas se quedan más tiempo. El recuerdo no lo define solo lo que se ve, sino cómo nos sentimos cuando no pasaba nada. Una calle al amanecer, una terraza sin voces, un paseo sin destino.

En los hoteles, el silencio es una declaración de intenciones. No se anuncia, pero se percibe. En la manera en que el servicio se acerca sin invadir. En la iluminación que no obliga. En no interrumpir.

Quizá por eso el silencio se ha convertido en un lujo contemporáneo. No porque sea inaccesible, sino porque exige la decisión de desconectar, de no llenar cada minuto, de no documentar todo…

En un mundo que confunde intensidad con valor, el silencio es una forma elegante de resistencia.

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