Y navegar y navegar…

“El mar no tiene caminos, el mar no tiene explicaciones”.
Alessandro Baricco

Este próximo agosto, hará 17 años que embarcamos por primera vez en Okelani. Queda muy lejos el día en el que fuimos a Puerto Colom en Mallorca, para pasar una jornada de mar con nuestros amigos Cris y Juan.

Durante estos años, han sido muchas las millas náuticas recorridas y numerosas las anécdotas vividas. Momentos entrañables convertidos en recuerdos imborrables que atesoramos y que ocupan un lugar muy especial en nuestra memoria.

El destino, hasta que llega el momento de zarpar, es una incógnita cada año porque lo marca en cada momento el Capitán y su control de la meteorología. Para nosotros la sorpresa añade emoción y sinceramente, nos importa nada el destino, solo el viaje a cualquier lugar es apasionante; hacia la costa este u oeste, norte o sur de Mallorca, arribando a Menorca por el espectacular puerto de Ciudadela y navegando por su litoral, atravesando el canal hasta Ibiza y disfrutando de esta hipnótica isla, visitando Formentera, Cabrera… en fin, un auténtico gusto.

Las experiencias a lo largo de todos estos años,han sido muchas: hemos visto emocionados una manada de delfines mientras jugueteaban cruzándose ante nosotros en una de nuestras travesías a Ibiza, hemos disfrutado de  horas de calma chicha, sin un ápice de viento, en las que el cielo se confundía con el mar, convirtiéndose en un  auténtico espejo. También hemos disfrutado de peces voladores (algo espectacular de ver) saltando por encima de la cubierta del barco, corb maris lanzándose en picado al mar y saliendo al cabo de unos segundo con su presa en la boca… y muchas se han repetido, incluso en el mismo lugar, pero cada una de ellas resulta siempre especial y diferente.

No podemos olvidarnos del “momento vermut” tras el último chapuzón de la tarde y ya arregladitos, esperar a la puesta de sol mientras disfrutamos de un Yzaguirre con algo rico de aperitivo, es mágico e indescriptible. Pocas cosas existen que diariamente nos erice la piel como lo hace el ocaso, que cada día llega puntual a su cita, para encender el cielo y teñirlo de rojos y naranjas imposibles. Y nunca es igual. Entiendo a Ícaro y su ansia por llegar al sol…

Tampoco existe para nosotros, restaurante en el mundo, por muchas estrellas que posea, que pueda sustituir cualquiera de las cenas a bordo, una vez fondeados. No se trata de lo que comemos, obviamente la selección está limitada por el propio espacio y las condiciones especiales del mismo (aunque Cris lo tiene totalmente dominado y no nos falta de nada) sino de donde y sobre todo con quien… Nunca faltan los sabrosísimos tomates mallorquines en plena temporada, una sobrasada casera de impresión, una riquísima ensalada de pasta, un  buen jamón y algún otro embutido, un hummus que solo comemos allí, un vino (o alguno más) y todo, sobre un mar en calma y bajo un maravilloso cielo estrellado, cuya contemplación con una copa es el mejor postre! Ah, y como solemos estar embarcados entre el 9 y 13 de agosto (este año parece que la máxima actividad de esta lluvia de estrellas será el 12), esto nos permite contemplar un espectáculo en la oscura noche de alguna preciosa cala:  las Perseidas o Lagrimas de San Lorenzo.

También, como no, hemos vivido momentos complicados en los que la naturaleza te sitúa en tu sitio y te recuerda quien manda y que no nos olvidemos del respeto que hay que tener a la mar. Han sido muy pocas las veces, pero en ocasiones el tiempo, retando a la época estival, se enfurecíó con dureza. Recordamos especialmente cuando tuvimos que permanecer en Puerto Sóller 3 días, porque la climatología y las autoridades aconsejaban no salir a la mar o una travesía francamente dura hacia Palma. Tampoco nos olvidamos de la dana que sufrimos el pasado verano en plena travesía y de regreso a Palma y que ya os hemos relatado en este blog. Pese a todo, estos momentos un poco complicados y de los que afortunadamente siempre hemos salido indemnes gracias al conocimiento, experiencia y destreza de Juan (nuestro “Capi”), han reforzado nuestra confianza total en una manos expertas que nos dan tranquilidad. He de decir aquí, que la habilidad que tiene cuando llegamos a una cala repleta de barcos, para encontrar el mejor lugar para fondear un velero de 50 pies (15 metros) ante la incrédula mirada del resto, se está haciendo legendaria!

Y el destino de este año? Pues lo dicho, las predicciones meteorológicas lo decidirán.

Durante varios años y en este caso “gracias” a mi insomnio, vi amanecer a diario. Unos días tumbado en cubierta; otros desde el agua. Es una experiencia única, como ver en un inmenso teatro una representación exclusivamente para ti. Solía sacar fotos para que Ana, bella y durmiente, disfrutara también con lo yo había vivido.

Otro momento que no puedo dejar de compartir es cuando, una vez desplegadas las velas, el capitán apaga el motor y empieza la verdadera navegación, encabezada por el sonido del casco del barco deslizándose por el mar. Los marinos como nuestro amigo y capitán, disfrutan de esos momentos en los que el barco, es barco. La armadora Cristina, no le va a la zaga en el gozo y ayuda, ni tampoco la marinera incansable Ana, que hace todo lo que puede. Ni siquiera el grumete sumiller que esto narra, es ajeno al placer que se experimenta.

Dieciséis años dan para mucho, imposible de resumir en un post. Navegar por el Mediterráneo en un velero es un lujo. Hacerlo con Cris y Juan, un privilegio.

Esperamos que la vida nos permita seguir disfrutando… Mil gracias!

 

 

 

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